"El cine tiene un enorme potencial no solo para contar historias, sino para transformar la realidad", entrevista con la documentalista ecuatoriana Lorena Salas
Lorena Salas es una mujer documentalista, codirectora del documental «DESPOJO» con Pocho Álvarez, una película ecuatoriana que narra la resistencia de las familias campesinas de Penipe frente al intento de despojo de más de 7 mil hectáreas de páramo. Realizado en 2025 de manera participativa, el documental muestra el conflicto a través de las palabras de los y las habitantes de Penipe y retrata la resistencia colectiva, la defensa del territorio y la dignidad de esta comunidad en los páramos del Tungurahua y el Altar, junto al Parque Nacional Sangay.
«DESPOJO» fue seleccionado y presentado en el Festival EDOC #24, en el Festival Kunturñawi, en el Ciclo de cine Mal de Ojo, entre otros festivales. En esta entrevista, Lorena Salas reflexiona sobre el cine – y el arte - como herramienta de transformación social y la importancia de contar las historias desde las voces de quienes las viven.
¿Cómo llegaste a conocer la historia Penipe para realizar este documental?
Llegue a conocer el caso de Penipe a través de Fundación ALDEA, una organización con la que ya habíamos realizado un primer trabajo de cine comunitario en 2023. Era un caso muy similar ocurrido en Selva Alegre, provincia de Imbabura, donde campesinas y campesinos también estaban siendo amenazados y despojados de cerca de 9.000 hectáreas de su territorio por una empresa.
Tanto la película de Selva Alegre como la de Penipe dan cuenta de que el cine puede convertirse en una herramienta para reconstruir colectivamente la historia de estos conflictos. No solo permitía comprender lo que estaba ocurriendo, sino que ofrecía a las comunidades una forma propia de enunciar su lucha, de denunciar las injusticias y de cuestionar las inconsistencias legales que enfrentaban.
¿Cómo logras conectar con las personas para que compartan sus historias frente a la cámara?
Es un proceso que combina varias herramientas. Por lo general, trabajo con personas que están siendo atravesadas por conflictos territoriales y sociales. He ido experimentando una metodología situada en la intersección entre el arte, la educación popular, la antropología, la etnografía. Pero, sobre todo, se basa en la escucha, el cuidado y la colaboración.
El punto de partida es que estamos ahí, juntas y juntos, para contar una historia que nos atraviesa. Y eso me incluye a mí porque, a pesar de no vivir esa realidad directamente, esa vulneración también me duele y me afecta. Eso me sitúa en un lugar desde donde siento que estas luchas también son mi responsabilidad y puedo aportar para que eso cambie.
Es un propósito compartido: resistir, luchar y sanar. Cuando las personas se sienten escuchadas, se abren a compartir. Creo que en ese proceso también hay una forma de sanación. Sentirse escuchado y abrazado transforma muchas cosas. Se produce una red de afectos y de confianza, que es lo que hace posible contar estas historias.
Y finalmente, nada de esto podría hacerlo yo sola. Todas las películas han sido posibles gracias a los equipos de personas que me rodean y comparten esta misma forma de entender el cine.
¿Qué te han transmitido las personas de Penipe mientras los estabas escuchando?
Sobre todo, dignidad. La dignidad de defender lo que se tiene que defender: la vida, la tierra, el agua.
También, sentí mucho enojo. Hay mucha injusticia en la historia de Penipe, donde existe una estructura violenta de despojo de las comunidades campesinas. Muchas de las personas que resisten son adultas mayores que, además, se encuentran completamente abandonadas por el Estado. No es fácil imaginarse que alguien venga a sacarte de tu casa, pero eso es precisamente lo que pasa allí.
Pero ellos y ellas no están defendiendo únicamente sus espacios y sus casas. Ellos defienden el páramo, lo entienden como un espacio de conservación, porque entienden que es la forma de proteger el agua para todos y todas. Nunca fue una lucha individual; siempre fue una lucha colectiva.
También me emocionaba saber que eran ellas y ellos quienes estaban contando su propia historia. Es una película realmente construida con el esfuerzo de la comunidad. En ese aspecto, Pocho Álvarez es un gran maestro para mí, le admiro mucho. Su manera de hacer cine parte de la presencia y de una gran humanidad.
¿Sentiste miedo al investigar y exponer un entramado de corrupción como este?
La película realiza una denuncia a una familia de mucho poder. Naturalmente existían preocupaciones, pero Pocho nunca dudaba. Decía algo muy sencillo: cuando uno cuenta la verdad, no tiene por qué tener miedo.
¿Por qué crees que es importante contar este tipo de historias?
Permite que la gente conozca estas realidades que están ocurriendo, y que de otra manera quedarían invisibilizadas. Uno de los momentos más significativos, fue cuando algunos de los comuneros y comuneras de Penipe participaron en la proyección del documental en el Festival EDOC. Ellos presentaron la película y dialogaron con el público. El público en sala se conmovió, se enojó y preguntaba: ¿Qué pasa con el caso? ¿Cómo podemos apoyar para hacer justicia? ¿Qué pasa ahora con estas familias?
En las proyecciones se dialogó sobre otros temas como los impactos de los mercados carbono y el despojo territorial. Se abren historias que urge visibilizar.
¿Siempre has creído en el potencial del cine documental o fue algo que descubriste con el tiempo?
No estudié cine. He ido aprendiendo a hacer cine, pero siempre lo amé. Siempre supe que el cine era una forma buena de conocer y contar el mundo.
Vivimos en una realidad muy violenta, creo que nos afecta en todas las escalas. Frente a eso, me hago siempre la misma pregunta: ¿qué puedo hacer?
En el arte encontré una posibilidad de trabajar, de transformar, de proponer, de crear. El cine tiene un enorme potencial no solo para contar historias, sino para transformar la realidad. Para mí, el cine no es solo esta idea del gran director sentado en una silla dando órdenes. El cine puede ser colectivo, podemos ser muchas personas al mismo tiempo, incluso las más excluidas. Los cineastas tradicionales no me creen cuando les cuento que preparamos un guion entre todos y todas, o que en una película tenemos doce directores y directoras.
Pero, esa forma de cine existe. Se puede hacer cine con celular, desde los territorios, se puede hacer cine de muchas formas. Nosotros también somos y hacemos cine.
¿Para una mujer es difícil trabajar en el cine documental?
Sí, totalmente. El cine es un espacio de disputa, dominado por hombres, donde se reproducen muchas lógicas patriarcales. En la industria del cine, las mujeres ocupan ciertos roles: la productora, la actriz, la vestuarista, la maquilladora. Entonces, es súper político que sean las mujeres quienes dirigen la película, quienes toman la cámara, quienes deciden como contar sus historias.
¿Qué recomendaciones le darías a una joven mujer que sueña con dirigir cine?
Le diría que confíe. Creo que una de las grandes fortalezas de las mujeres es la intuición. Hay que escucharla. También le diría que haga cine acompañada de otras mujeres, que construya redes de cuidado mutuo y que nunca deje de cuidar a quienes caminan junto a ella.
¿Qué cineastas han marcado tu forma de hacer cine?
Siempre recomiendo ver las películas de Pocho Álvarez. También admiro el trabajo del documentalista brasileño Eduardo Coutinho, su forma de dialogar con personas y comunidades, incluso en contextos muy complejos, ha sido una gran inspiración para mí.
Para terminar…
Quiero agradecer la oportunidad de colaborar con Fundación ALDEA y con estas luchas. Para mí ha sido muy importante encontrar un espacio que me sostiene, que confía en el cine y en el arte como herramientas para acompañar las reivindicaciones sociales.
Son pocos los espacios que sostienen este tipo de trabajo y permiten que estas historias puedan contarse desde quienes las viven. Eso también forma parte de la transformación que buscamos.
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Sacha Manchi